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Historia del Juncarejo

Escrito por Polillas de Sevilla.

Juncarejo fue finca de recreo de los Aguado Correa, al menos desde comienzos del siglo XVIII. Ya por entonces el jardín con su emblemático estanque eran lo más característico de las 11,37 hectáreas de las que luego fueron propietarios los marqueses de Gaviria, justo antes de que las adquiriese otro marqués, el de Vallejo. Este altruista noble puso todo su empeño en ceder El Juncarejo a la Guardia Civil que, en seguida, construyó un asilo para huérfanas de miembros del Cuerpo, con las aportaciones voluntarias de integrantes de la Benemérita. Desde entonces hasta hoy, las Hijas de la Caridad han velado por la formación de su alumnado, ahora mixto.

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El Juncarejo es un edificio de Valdemoro construido por Bruno Fernández de los Ronderos en 1885, que en la actualidad alberga el Colegio Marqués de Vallejo, cuyo alumnado está compuesto básicamente por niñas y niños de familias vinculadas a la Guardia Civil.

Destacan también sus jardines, poblados de cipreses y otras especies. Goza de protección estructural y de la parcela dentro del Catálogo de Bienes y Espacios Protegidos del Plan General de Valdemoro.

El 20 de junio de 1880, se colocó la primera piedra del Colegio de Huérfanos de Juncarejo o Asilo de Huérfanos en Valdemoros. Cuando los varones cumplían diez años pasaban al Colegio de Guardias Jóvenes, comenzó tímidamente su funcionamiento en 1883, para dar “sostén y educación a los huérfanos de ambos sexos de jefes, oficiales y tropa de la Guardia Civil.

La evolución de la tarea educativa en el centro ha ocasionado transformaciones en el edificio -el área de internado ha ido cediendo espacio a las aulas- aunque sin hacerle perder su característico aspecto externo, que ha permanecido prácticamente inalterable desde 1885 en que fue construido.

El Juncarejo es un edificio de Valdemoro construido por Bruno Fernández de los Ronderos en 1885, que en la actualidad alberga el Colegio Marqués de Vallejo, cuyo alumnado está compuesto básicamente por niñas y niños de familias vinculadas a la Guardia Civil.

El 19 de junio de 1880 se puso la primera piedra del edificio, en un acto presidido por el Rey de España, Alfonso XII y su esposa María Cristina.

Consta de dos partes diferenciadas, el edificio original y los anexos posteriores. edificio principal es de dos plantas, y está construido en aparejo toledano. Es uno de los mejores exponentes de la arquitectura valdemoreña del siglo XIX, tanto por la calidad del proyecto como por su austeridad. Su tamaño y valor arquitectónico lo permiten equipararse a las grandes obras de estilo ecléctico construidas en Madrid en la época.

Destacan también sus jardines, poblados de cipreses y otras especies. Goza de protección estructural y de la parcela dentro del Catálogo de Bienes y Espacios Protegidos del Plan General de Valdemoro.

El 20 de junio de 1880, se colocó la primera piedra del Colegio de Huérfanos de Juncarejo o Asilo de Huérfanos en Valdemoros. Cuando los varones cumplían diez años pasaban al Colegio de Guardias Jóvenes, comenzó tímidamente su funcionamiento en 1883, para dar “sostén y educación a los huérfanos de ambos sexos de jefes, oficiales y tropa de la Guardia Civil.

La evolución de la tarea educativa en el centro ha ocasionado transformaciones en el edificio -el área de internado ha ido cediendo espacio a las aulas- aunque sin hacerle perder su característico aspecto externo, que ha permanecido prácticamente inalterable desde 1885 en que fue construido.

Según parece, la llegada de las primeras residentes no se hizo esperar. Tras la inauguración, el Juncarejo comenzó a albergar a las que Baíllo dio en llamar “huérfanas desvalidas”, cuya atención y cuidados recayeron en las Hijas de la Caridad, mientras que los gastos de manutención, como ya ocurriera con la construcción del colegio, los financiaban los miembros de la Benemérita con aportaciones económicas voluntarias.

El primer curso escolar, que se inició el mismo año 1885, comenzó con cuarenta alumnas -la primera interna admitida en el centro fue Benigna Hernández Barroso- aunque pronto se cubrió el centenar de plazas con que contaba el colegio-asilo del Juncarejo.

La plantilla de esta institución, religiosas al margen, estaba constituida por un portero, un jardinero, un mozo para recados, un ayudante de cocina y cuatro lavanderas. Años después las huérfanas de más edad fueron sustituyendo a estos operarios en el desempeño de sus funciones, con el objetivo de economizar costes de mantenimiento.

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LABOR EDUCATIVA Y PASTO ESPIRITUAL

Por lo que al proyecto educativo se refiere, abarcaba tanto la enseñanza Elemental, Primaria y Superior, muy esmerada en todos los niveles, según los cronistas de la época, además de otras disciplinas complementarias tales como, “adorno, música y práctica de las propias de la mujer en las faenas domésticas”. Y es que, según las

consignas de la Guardia Civil, la enseñanza debía estar orientada a hacer de las niñas “buenas hijas, esposas y madres”.

En este contexto, la religión ocupaba un lugar preeminente. Un capellán castrense se ocupaba de la instrucción en este terreno y cuidaba del “pasto espiritual”, como lo llama Baíllo. Así, el reglamento escolar establecía que las niñas debían oír misa diariamente y rezar el rosario cada tarde, en un clima de marcada austeridad que se reflejaba incluso en la alimentación a base de “ración de puchero”.

Contrastaban tanta rigidez y severidad con otras consignas de buen trato para el mejor desarrollo vital y espiritual de las residentes, que la Guardia Civil dio a las religiosas que regentaban el colegio. En este sentido, aseguraban que los educadores “deben imponerse por medio del amor y la caridad, ya que con el castigo y el rigor sólo se consigue hacerlos recelosos y tímidos, en vez de honrados y virtuosos”.

Claro que, en este clima de sobriedad y moderación las compensaciones jugaban un papel muy importante. Así se establecieron una serie de premios de fin de curso en forma de cantidades en metálico, que oscilaban entre las 5 y las 25 pesetas, para las más aplicadas. Por el contrario, quienes no alcanzaban los mínimos exigidos eran inmediatamente expulsadas del colegio y encomendadas a la custodia de algún familiar, aunque si sus conductas eran realmente ”incorregibles” podían acabar recalando en hospicios y reformatorios.

Por el contrario las que cumplían fielmente las reglas de moralidad, honradez e integridad del colegio tenían derecho a permanecer en el mismo hasta los veinte años. Entretanto, las alternativas eran colocarse como costureras, doncellas o cocineras en familias afines a los principios de la institución o seguir formándose en el centro.

EL JUNCAREJO SIGLO XX

La vida de esta institución de marcado carácter social no varió mucho en las décadas siguientes. Ni siquiera la llegada de una nueva centuria generó importantes transformaciones en el lento discurso de los días del colegio Marqués de Vallejo. Sólo el estallido de la Guerra Civil, una vez más, resquebrajó la rutina amasada en la cotidianeidad de su medio siglo de existencia.

El parón fue inevitable: las internas se trasladaron a Valencia mientras que la comunidad de Hijas de la Caridad que regentaba el centro se dispersó por toda la geografía española, buscando cobijo en casas de familiares y amigos. Al frente del Juncarejo, reconvertido en hospital de sangre por obra y desgracia de la guerra, únicamente quedó una religiosa, sor Modesta Rojo, de origen portugués.

El cese de las bombas hizo que recuperara la vitalidad perdida. Hasta hubo un acto de reinauguración en 1940. Pero las consecuencias también se hicieron notar en el colegio Marqués de Vallejo de Valdemoro que, durante el periodo de posguerra, llegó a albergar 340 huérfanas. Eran tiempos difíciles. Así, se crea el taller de corte y confección con el objetivo de ofrecer salidas laborales a las huérfanas, al tiempo que se intenta remontar la poco boyante situación económica con los ingresos que generaba la comercialización de la ropa y el vestuario de la Guardia Civil que confeccionaban las internas.

Precisamente una parte de esos beneficios pasaba a formar parte de la dote de las residentes que trabajaban en el taller, quienes no podían disponer de la misma hasta que contraían matrimonio o bien en el momento de cumplir los 25 años.

Ya en 1951 la aguja y el dedal dejan paso a los libros y la formación media y superior. El taller desaparece y se fomenta la continuidad académica de las huérfanas, que pueden permanecer en el centro hasta alcanzar la titulación de maestra elemental, auténtico pasaporte para un lisonjero porvenir, según la mentalidad de la época. Ahí surgió El Juncarejo como escuela de magisterio, en la que se han formado profesoras que ejercen su labor didáctica en diferentes puntos de la geografía española.

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NUEVOS VIENTOS

Superado el ecuador del siglo XX llegaron nuevos vientos a la institución: el pensionado dio paso a las clases externas, en 1986 se convirtió en colegio mixto e incluso el internado dio cabida a huérfanos varones de hasta 11 años de edad y abrió sus puertas a la progenie de otros cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. Demasiados cambios para que no hicieran mella en la estructura del edificio. Si bien su fachada se ha mantenido indemne, la distribución interna ha experimentado numerosas transformaciones derivadas, en la mayoría de los casos, de la necesidad de adaptar el centro a los nuevos usos y costumbres.

Precisamente los arquitectos encargados de dirigir la reforma descubrieron que una gran viga de hierro atraviesa la zona de dormitorios existente sobre el salón de recreo; un detalle que demuestra que el asilo fue construido a conciencia y que Bruno Fernández de los Ronderos lo proyectó siguiendo unas pautas muy vanguardistas para la época, ya que a finales del siglo XIX este elemento constructivo era aún poco habitual en edificios.

La década de los 80 marcó el punto de inflexión. Los dormitorios de las más de 200 internas que por entonces integraban la comunidad estudiantil del Juncarejo se asemejaban a grandes naves en las que se alineaban hasta cincuenta camas. La reforma que se llevó a cabo en torno a 1980 supuso la creación de habitaciones para dos o cuatro personas y la fragmentación de los grandes cuartos de baño en otros de menores dimensiones, más individuales. Incluso, en los casos en que las canalizaciones y la propia estructura del edificio lo permitía, se procedió a integrar las zonas de aseo en las propias habitaciones.

Asimismo, mediada la década de los 80, una serie de pequeñas construcciones anejas al edificio principal y que se utilizaban como almacenes y lavaderos e incluso como vaquerías, fueron derruidas para crear en su lugar un patio con arquerías. Del mismo disfrutan hoy día en los recreos los escolares del centro, al aire libre pero a cubierto de la lluvia y otras inclemencias meteorológicas.

También producto de esa remodelación fue la construcción de la denominada ”casa pequeña”, más que un edificio, una propuesta de integración de la cotidianeidad familiar en el funcionamiento del internado. Y es que esta suerte de apartamento estaba destinado a fomentar la convivencia de las huérfanas con sus familiares y, especialmente, a estrechar los vínculos materno-filiales en las escasas ocasiones en que recibían la visita de sus progenitoras. Pero la progresiva disminución de las alumnas en régimen de pensionado y la mejora de los transportes pronto pusieron de manifiesto la relativa utilidad de esta pequeña edificación que cada vez pasaba más tiempo deshabitada, hasta que dejó de utilizarse.

La proximidad del nuevo milenio y el progresivo cambio de hábitos ha traído consigo también algunas modificaciones dirigidas a reducir las dependencias destinadas a internado en beneficio de las zonas orientadas a la docencia. Y es que en la actualidad y a diferencia del panorama de hace dos décadas, de los casi 500 alumnos de entre tres y 16 años que cursan sus estudios en el colegio Marqués de Vallejo, sólo 26 están acogidos al régimen de internado, de manera que los dormitorios han ido dejando paso a las aulas. Desde 1998 hasta el presente año académico se han habilitado nueve nuevas clases.

Hoy día el área educativa del Juncarejo está constituida por una veintena de aulas de las que media docena corresponden a Educación Infantil de Segundo Ciclo, 10 a Primaria y las cuatro restantes a Educación Secundaria Obligatoria.

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MODERNAS INSTALACIONES EN EL EDIFICIO DE SIEMPRE

Como es lógico y en respuesta a lo que demandan los nuevos tiempos, en los últimos años este centro educativo se ha ido equipando con nuevas dependencias acondicionadas para impartir en ellas disciplinas que se han incorporado recientemente a su proyecto educativo: biblioteca, salón de actos, gimnasio, pistas deportivas, polideportivo cubierto, aula multimedia e informática, laboratorio, aula de tecnología y sala de audiovisuales.

Equipamientos todos ellos que son la manifestación misma de la evolución de los presupuestos que sustentan los objetivos del colegio Marqués de Vallejo, aunque sin dejar de lado los principios básicos que marcaron su fundación. En este sentido aspira a ofrecer una formación integral a cada uno de los estudiantes que pasen por sus aulas y, como cualquier otro centro educativo, sigue las directrices que marca la LOGSE.

A comienzos del tercer milenio resulta tan lejana como trasnochada la finalidad inicial del asilo de hacer de las “huérfanas desvalidas buenas hijas, esposas y madres”, puesto que el actual ideario del colegio se sustenta sobre el principio de igualdad y aspira a “formar ciudadanos libres, solidarios, responsables; personas autónomas en paz consigo mismas, que sepan quiénes son y hacia dónde se dirige su existencia, que tengan respeto por sí mismas y además sean responsables de sus actos”.

Tanto la modernidad de las instalaciones como la filosofía que sustenta actualmente el proyecto educativo del colegio de huérfanas de la Guardia Civil son la prueba tangible de la versatilidad que ha demostrado esta institución. De los 117 años transcurridos desde aquel lejano día de noviembre de 1885 en que se inauguró el colegio Marqués de Vallejo queda el vasto bagaje de la tradición y una parte del antiguo mobiliario. Así, en el desván del edificio se conservan algunos de los armarios roperos en los que guardaban sus pertenencias las primeras moradoras del asilo del Juncarejo.

Con todo, su tesoro más preciado es el reloj que preside la fachada principal del edificio y cuya maquinaria sigue funcionando con exactitud, desde que fuera fabricada en Francia allá por 1883, merced a los primorosos cuidados de las hermanas de la Caridad que, a lo largo de los años se han ido pasando el testigo del mantenimiento de esta auténtica pieza de museo. También desde el desván se puede aún contemplar la techumbre original de la capilla, a base de listones de madera. Ésta es la única cubierta primitiva que se ha conservado intacta, a pesar de los numerosos trabajos de rehabilitación que se han efectuado en el edificio. Reformas que, por otra parte, sólo han afectado al interior ya que la estructura externa, en esencia, ha permanecido inmutable desde 1885.

Erguido en el horizonte desde su elevada ubicación de privilegio, el colegio Marqués de Vallejo es una figura imprescindible en el paisaje urbano de Valdemoro, como también lo es en la memoria sentimental de los alumnos que han pasado por sus aulas y las huérfanas que han dormido en sus habitaciones.

Agradecimientos: Mª de los Ángeles Cordero. Colegio Marqués de Vallejo.
Autor: Nuria Martín
Fuente: María Jesús López Portero, Archivera municipal del Excmo. Ayuntamiento de Valdemoro

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